martes, 15 de septiembre de 2009

Noche

Sabía con certeza que aquella no sería una noche como cualquier otra. Sabía, además, que lo que pasara habría sido fruto de un esfuerzo. Si lo valorarían, no importaba...; lo importante es realizarse, dicen. Yo, modestamente, me estaba realizando.

Es que todavía no entiendo y nadie me explica... o es acaso que no quiero entender.

La cosa, el hecho, lo importante, es que el 5 de Agosto de ese año (no importa cual) yo me estaba realizando.

El teatro se había convertido, por esta única noche, en receptor exclusivo de mi actuación. Sus paredes habrían de vibrar, ellas serían mudos testigos de mis actos.

El público lo conformarían todos los que en esa sala se encontraban, menos los sordos de espíritu (esos que oyendo no escuchan).

Era un desafío. Era más que un desafío, era una lucha. Nuevamente me tenía que comprometer con la realidad. Nos exigen tantas cosas...

Pero en fin, a mi me gustaba porque lo había elegido. Era el protagonista de mi elección, era hora de ratificar lo escogido o desertar para siempre.

Entre bambalinas, a hurtadillas, en suspenso, casi sin tiempo, sin aliento, estaba allí parado. Una franela gastada por el tiempo, y un arco, conformaban la empuñadura de este caballero andante que se proponía ganar la contienda. El ganar no significaba herir a nadie, al menos físicamente, pero si significaba el decir: «Oigan ustedes mortales, (como si el que les hablase no lo fuera), oigan de una vez, aquí traigo algo para mostrarles. Mírenlo, escúchenlo, gócenlo, es vuestro también, pues se los obsequio.» Para él, el ganar era algo sagrado. Por otra parte, su trofeo, de antemano tenía dueño. Sí, sin duda alguna, entre la gente que escuchaba, entre los que presenciaban la tenaz batalla, se encontraba alguien muy especial.

Dije que el trofeo tenía dueño. Lo tenía. El trofeo, que es honra, que es nombre, que es amor, a ella estaba dedicado...

Me olvidaba; el jinete, de zapatos lustrosos y elegante figura, todo de negro menos la camisa, llevaba en su otra mano no un escudo ni un caballo, llevaba su alma, llevaba el porque de su existir.

Me creerán loco, y tienen razón, lo soy, lo admito. Pero ¿quién de ustedes no lo es?. ¿Es que acaso ninguno de ustedes pensó una locura?, o ¿es que soy el único?. Vamos, que ser loco no es ni más ni menos que ser niños. Los niños están locos...locos, completamente locos por la vida, por vivirla y por soñar con ella, por vivir soñando. Locos están y no se dan cuenta de que es hermoso el estarlo. Ellos si que están locos de amor. Todos fuimos niños, todos fuimos locos.

Miraba furtivamente, casi con malicia, como queriendo detectar algo que ni yo sabía. Lo único que sabía es que era mi turno, tenía que entrar y demostrar lo que me tocaba demostrar, lo que había aprendido porque para eso lo había aprendido. Por otra parte, lo deseaba. Deseaba fervientemente transmitirles todo mi ser, mi escaso amor, y mi diminuto talento.

¡Cuántas cosas se aprenden con la experiencia! La más importante es...; perdón, olvidaba que sólo se puede aprender por propia experiencia.

Un paso di, y fue el momento en que llegué a comprender fehacientemente que no podía echarme atrás a partir de ese instante. A ese le siguió otro, y otro, y otro. El actor se encontraba en escena. El público en postura crítica y cómoda. Entre todos, estaba ella. Las luces eran demasiado tenues como para que cualquiera pudiera divisar su figura, pero a el no le hacían falta. El caballero la pudo ver un instante antes de comenzar, con su corazón.

Una tarima serviría para hacer historia; una tarima y una silla, y rodeándolos, un contorno de maravillosa y plástica armonía. Un humo de aire transparente, una palabra sin sílabas, un dibujo sin líneas, una melodía sin notas, cualquiera de estos elementos hubiera bastado para romper la monotonía.

Parecíamos dos cuando entramos, apenas distinguibles uno del otro, casi imperceptible la diferencia. Cuando me senté se dieron cuenta de que era uno solo. ¡Qué cálido! ¡Qué a gusto me sentía!.

Esas sensaciones duraron poco, uno o dos minutos (en realidad no existía el tiempo), y luego la paz física desapareció. Un intenso frío me invadió desde todos los ángulos. La transpiración helada en mis dedos me encolerizó instantáneamente. Tenía que vencer esos infantiles sentimientos de temor. Luego, repentinamente, la paz se hizo presente. No quise mover un músculo, una pestaña, hasta el caótico pero fantástico comienzo.

Fue eterno e instantáneo a la vez; fue maravillosamente bello y terrorífico; fue un placer y un padecer... pero todo valía la pena, como casi siempre en esta vida.

Tomé la lanza, la empuñé delicadamente, con la fuerza suficiente para que no se derritiera entre mis dedos. La apoyé en las cuerdas y respiré tan profundamente como nunca antes lo había hecho.

Con el amor que sale del corazón, con ese que verdaderamente vale, con ese amor comencé a rasgar las cuerdas en un momento de inspiración.

Había comenzado otra historia para mí...